Pioneros Americanos I

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La historia de la marihuana, como todo el mundo sabe, tiene siglos de antigüedad y ha sido utilizada por un sinfín de civilizaciones a lo largo de los tiempos. Pero los últimos 200 años de la historia de la cannabis sativa no se podrían explicar, para bien y para mal, sin los Estados Unidos de América. Teniendo en cuenta que la Declaración de Independencia Americana fue redactada en papel de cáñamo holandés y que el propio Washington era un habitual consumidor de Marihuana, nos podemos hacer una idea de hasta que punto han corrido paralelas la historia social y moral de EE.UU. y la situación legal de la planta. Fueron los americanos los que, en un inicio, fomentaron el consumo (el censo de 1850 en los Estados Unidos contabilizó 8.327 plantaciones de cáñamo cultivado para hacer telas, lonas e incluso las cuerdas utilizadas para embalar el algodón)y los que, posteriormente, arrastraron al resto del mundo a una intransigente prohibición que dura hasta nuestros días. Sin embargo, también fueron americanos (los de la contracultura de los años 60) los que empezaron a experimentar y a crear nuevas variedades de semillas, fomentando una auténtica cultura cannabica que ha hecho furor en todo el mundo.Pero vayamos por partes: según se dice, parece ser que fueron los criados indios (de la India) contratados para trabajar en las colonias caribeñas de Gran Bretaña los que introdujeron las primeras variedades de marihuana índica, que empezaron a crecer en distintas costas del golfo de México. Durante 100 años la marihuana llegó a tener cierto prestigio social: En 1883 se abrieron legalmente salones para fumar hachís en Nueva York, Boston, Filadelfia, Chicago, San Luis, Nueva Orleans, etc. En esta década el Boletín Oficial de la policía calculó que había 500 salones para fumar hachís en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, entrado ya el siglo XX, se empezó a asociar esta droga a los mexica- nos que inmigraban en masa desde su país natal. El mencionado prestigio social de la marihuana cayó en picado hasta que en 1937 se ilegaliza definitivamente.
El cultivo de marihuana empezó en la década de los 60. Al principio, semillas llegadas de cargamentos ilegales fueron plantadas de manera despreocupada por un puñado de fumadores curiosos. El resultado de esas primeras pruebas no fue para echar cohetes: Las variedades tropicales de Colombia y Tailandia raramente maduraban antes de la llegada del frío. Solo algunas variedades sobrevivían en las costas de Florida, el sur de California y Hawai debido a que el clima en estas zonas es más caliente y la temporada de verano más larga. Estas tempranas variedades introducidas fueron llamadas sativas, el nombre común del nombre botánico cannabis sátiva.
A principios de los 70, un pequeño grupo de cultivadores empezaron a producir plantas sinsemilla (llamadas así, en español, por los propios cultivadores americanos). Estas fueron creadas eliminando los machos de los campos de cultivo, permitiendo que las plantas femeninas sin fertilizar maduraran sin llegar nunca a ser polinizadas sus flores receptivas. De esta manera las plantas femeninas continuaban produciendo copiosas cantidades de flores adicionales cubier- tas de miles de glándulas resinosas. A mediados de los 70 la sinsemilla era ya el principal método de producción doméstica en Estados Unidos.

 

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En 1976 el libro Sinsemilla Marijuana Flowers, escrito por Jim Richardson y Arik Woods revolucionó el cultivo de marihuana en USA: los autores no solo se limitaron a ilustrar detalladamente la técnica sinsemilla con sus excelentes textos y fotografías a color, sino que además describieron por primera vez los estadios de maduración floral para optimizar la potencia y el sabor de la cosecha. Más importante todavía, esta publicación de hace solo 25 años sugería a los cultivadores que si la marihuana podía culti- varse sin semilla, también tenían que poderse fertilizar flores femeninas seleccionadas con polen seleccionado para producir una serie de semillas de parentesco conocido. Esta reflexión dio pie a la expansión del cruce consciente y a la miríada de variedades existentes a día de hoy en todo el mundo.
Anteriormente, los cultivadores de marihuana trabajaban con cualquier variedad que pudieran encontrar en su búsqueda de plantas potentes que maduraran enteramente antes de morir debido a las heladas. Como la mayoría de la marihuana importada estaba llena de semillas, resultaba sen- cillo para los cultivadores disponer de variedades indígenas de todo el mundo. Las variedades de rápida maduración del norte de México resul- taron ser las preferidas porque completaban su maduración en latitudes más septentrionales. Las primeras sativas norteamericanas de rápida maduración de principios de los 70 (Polly y Eden Gold) resultaron de la hibridación entre variedades indígenas mexicanas o jamaicanas y las variedades procedentes de Panamá, Colom- bia y Tailandia, más potentes pero de más lenta maduración.
A mediados de los años 70, la mayoría de variedades fueron adaptadas para el cultivo exterior. Sin embargo otras fueron especialmente desarrolladas para el cultivo interior o de inverna- dero: utilizando luces artificiales, descubrieron, se podían alargar las estaciones artificialmente. Una vez perfeccionadas esas variedades y las condiciones que permitían su maduración, los pioneros de la hibridación buscaron la potencia (alto contenido de Delta 1 THC y, a su vez, un bajo contenido en CBD). A continuación, persiguie- ron una serie de considera- ciones estéticas en cuanto al sabor, aroma y color: adjetivos como mentolado, floral, picante, afrutado, dulce o púrpura eran a menudo mencionadas en las variedades seleccionadas, creando de esta manera una cultura propia alrededor del cannabis que no existia en EEUU (y no digamos el resto del mundo), que se aproximaba (salvando las distancias) a la cultura del cigarro puro.
La continua hibridación de las variedades originales más aptas dieron como resultado algunas de las más legendarias sativas de los años 70: Original Haze, Three Way, Koma Gold, Big Sur Holy Leed, Purple Haze o Matanuska Thunderfuck se convirtieron, gracias a su extraordinaria calidad, en objeto de devoción de los más exigentes gourmets. Desde 1975 hasta el final de la década, los criadores de Marihuana tuvieron gran éxito en el desarrollo de sus cultivos de sativa: Flores más dulces y bonitas eran motivo de orgullo y aumentaban el beneficio del cultivador. El cultivo comercial de sinsemilla se había hecho muy común a principios de los 80, al tiempo que la policía se concienzaba del incremento de producción que se había producido debido a estos avances (que eran evidentes con solo echar un vistazo a las calles de las ciudades del oeste americano). Pequeños aviones eran usados rutinariamente para localizar grandes plantaciones de marihuana en terrenos remotos y muchos pequeños cultivadores fueron denunciados por vecinos celosos de la ley. Las autoridades pronto aprendieron que los cultivos maduraban en otoño, por lo cual encontrar una variedad que se pudiera retirar del campo y empezar a secar a principios de Octubre evitaría las batidas policiales que empezaban ya a hacer estragos entre los cultivadores. Ante los problemas de almacenaje resultantes de las numerosas incautaciones,
las autoridades se limitaron a contar las plantas confiscadas y a quemarlas sin previamente pesarlas. Solo se conservaba una pequeña cantidad de marihuana seca que permitía usarla como prueba ante un tribunal.
Otro factor negativo que aparece en esta época, es el aumento de robos de plantas en los campos de cultivo. Las características de las sativas hacían difícil evitar ambos problemas: Cuando la sativa responde positivamente al agua abundante, sol y nutrientes, produce plantas inmensas alcanzando a vece los 2 kilos de peso en flores secas. Cuanta más comida y agua, más altas y espesas se hacen; cuanto más grandes, más fáciles son de ver desde el aire o desde el otro lado de una verja (correctamente cultivadas, las varieda- des colombiana, mexicana y tailandesa podian alcanzar los 2 metros y medio de altura y casi los 5 metros cuando se plantaban sin restricciones a pleno sol). De tal modo que cuantas más peque- ñas fueran y antes maduraran las plantas que un cultivador pudiera producir, siempre y cuando pudiera obtener de ellas suficiente producción y beneficio, más posibilidades tendrían de evitar problemas con la autoridad y con los ladrones. Su salvación se manifestó en forma de una nueva y exótica variedad llamada índica.

 

Reportaje publicado en Canna Habla

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